By AOH/Rasczak | julio 5, 2010 - 8:31 pm - Posted in General

Cogió el papel con las puntas de los dedos. Una fina lámina que le pesaba en el espíritu como aquella lápida de granito. Entrecerró los ojos y apoyó el boceto en el canto de la mesa, recordando la última vez que se había apretado aquel rostro contra su pecho y había sentido el calor de su cuerpo. La última vez que ella le había permitido amarla antes de abandonarlo para siempre en este mundo, mientras ella partía a algún lugar en el que esperaba que pudiera ser más feliz.
Puso la lámina sobre el escritorio otra vez y buscó hasta encontrar un lápiz de carboncillo fino. Apretó los labios mientras la punta del lápiz recorría cada uno de los trazos anteriores, las líneas oscuras acariciaban suavemente el recuerdo de aquel rostro. Sus pestañas, largas y negras, aparecieron al paso del lápiz y casi las sintió rozar en los labios cuando rememoró los besos que recorrieron sus mejillas y párpados. Los labios se marcaron más, tomando fuerza como la de aquellos besos compartidos.

Tomó la barra más gruesa de carbón y el cabello se tornó negro como el azabache rápidamente, los mechones se fueron marcando a cada movimiento de la mano. El meñique rozó casi sin querer el papel, se deslizó fugazmente sobre el carbón y se impregnó del cabello. Lo tocó con el anular y el corazón, lo rodeó, siguió sus bordes, sintió la suavidad de cada una de sus fibras a través del fino polvillo negro.

Acarició los parpados con la barrita negra, los bordes de los labios y apenas un ligero roce bajo las mejillas. Los dedos recorriendo el mismo camino, tan familiar, tan conocido, tan deseado, tan inalcanzable, difuminando el tizne. Poco a poco, con la misma delicadeza que había sentido aquella cálida piel en las yemas de los dedos, fue arrastrando el carbón, creando zonas de sombras El polvo en relieve, el papel en forma, la nada en pasado.

Remarcó muy lentamente el perfil, recortando su rostro del fondo blanco y frío. Poco a poco, casi la sintió otra vez bajo sus dedos, casi acariciando las mejillas como siempre fue, como solía hacer para sentir la dulcísima calidez del ángel etéreo y fugaz que se esfumó, dejando a su paso sólo una imagen, un recuerdo y un vacío indeleble en su interior.