By AOH/Rasczak | septiembre 22, 2008 - 1:28 pm - Posted in El retrato, General, Relatos

Corrió las cortinas lentamente. Los brazos le pesaban, en los últimos meses el mundo se había convertido en un lugar mucho más oscuro, más triste y el peso de una eternidad caía sobre sus hombros desde entonces, como una cascada que trataba de extinguir el hálito de su vida. Había envejecido muchos años en apenas unos meses y la luz de la tarde que entraba por el ventanal de cortinajes corridos, teñía de un tono rojo anaranjado su apesadumbrado rostro surcado por pequeñas y jóvenes arrugas.

Se sentó pesadamente en la silla y miró a su frente, hacia el escritorio lleno de grandes láminas de papel, lápices, cretas y pasteles. Se apoyó en el respaldo y estuvo mirando todo su material de dibujo durante un tiempo mientras los fantasmas de su pasado lo rondaban.

Tomó, vacilante, un lápiz duro. No era, a pesar de todo, su pulso el que temblaba, sino su espíritu. Una multitud de recuerdos se agolpaban en su memoria: risas, calidez, el brillo de los ojos y la suavidad de la piel blanca como la nieve.

Su mano se movió lentamente, trazando un gran óvalo. Lo miró durante un segundo y siguió, dibujando con más precisión el contorno de las mejillas y el mentón, recordando cada minúscula curva de aquella cara tan familiar. Dos finos trazos marcaron las cejas, levemente arqueadas. Dibujó dos grandes contornos para los ojos, muy redondos. Los borró. Volvió a hacer las sutiles marcas del lápiz para los ojos, pero esta vez más achatadas por abajo que por arriba. Prefería recordarla sonriendo.

La ligera curva de la nariz apareció, difuminándose en el blanco del papel. Después se difuminaría en el color de sus mejillas. Tres trazos se convirtieron en el boceto de los labios, finos y cálidos. Unos labios cuya sonrisa siempre fue peculiar, que se extendía hacia los lados y se recordó a sí mismo empujando hacia arriba las comisuras de aquellos labios para formar un pequeño arco.

Dibujó el contorno del pelo, tupido, lacio, suave. Su lápiz se asentó en medio de la línea, la punta recorrió el papel una vez, dos veces, diez, treinta, recorriendo las sutiles formas que marcaban aquellos cabellos en los que tantas veces entrelazó los dedos. Y volvió a quedar apenas sin fuerzas apoyado en el respaldo de la silla.