Sigo corriendo hacia el almacén mientras el cadáver marchito del que acabo de destruir recupera el tiempo perdido y se descompone.Entro en el almacén atravesando una de las ventanas de un salto que imagino ninguno de mis perseguidores puede igualar. Por alguna razón me fijo en el sutil reflejo de los cristales saltando en pedazos a mi alrededor; es sorprendente como la destrucción puede a veces provocar algo tan bello, montones de pequeños trozos de cristal reflejando las lejanas luces de la ciudad en minúsculos destellos de color.
Apenas toco el suelo del almacén me he fundido con las sombras. Estos esfuerzos me están haciendo sentir hambre. Pero esta noche no me va a faltar carroña que devorar.
Mis jóvenes iguales irrumpen en poco tiempo en el lugar. Gritan y aúllan como perros enloquecidos, están frenéticos. Puedo sentir la influencia de Ellos sobre los pobres diablos que voy a aniquilar. También Ellos están aquí. En algún lugar a mi alrededor.
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Ellos me hicieron lo que soy. Ellos me hicieron inmortal por el sufrimiento. Por la agonía vivo desde entonces. Todo lo que yo quería, todo lo que amaba se marchitaba y derrumbaba mientras yo seguía impasible al tiempo, alimentándome sin poder remediarlo de las vidas que yo hubiera querido proteger de horrores como yo. No existe posibilidad de perdón. No puede haber redención.
Para llegar hasta aquí he hecho después cosas aun peores, pactos no escritos para tener las fuerzas de hacer valer mi venganza. Pactos en los que la luz no es más que un arma que siempre ha contado a su favor.
Renacido de la madre oscuridad, mis hermanas son las sombras, la soledad mi esposa y la muerte mi amante. Y esta noche me encuentro arropado por toda mi familia adoptiva.
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Entre las sombras soy invisible para ellos. Ese es mi propio don, mi cara oculta incluso para los de mi clase. Mi propia condenación convertida en un arma que utilizo contra ellos. Los voy eliminando uno a uno, rápida pero dolorosamente. Mutilados, tullidos. Estamos muertos, pero no somos insensibles a nada, y yo estoy demasiado enfurecido como para darles la bendición de una muerte indolora.
El hambre comienza a adueñarse de mí. Es una sensación de vacío como no recuerdan ninguna de mis vidas. Salgo de las sombras y aspiro. No es aire lo que atraen mis pulmones, sino las almas de mis enemigos. Oigo entonces el rasgar de las cáscaras de sangre y carne, el lamento de las almas que intentan regresar a sus rediles antaño mortales. Luchan, pero mi hambre es demasiado grande. Incluso la sensación fría y dolorosa de devorar las almas de tantos malditos juntos, como si atravesara mi interior un millar de agujas al rojo. Mi mente se satura con los recuerdos de barbarie, muerte y consternación que han dominado la existencia de mis iguales, es como absorberme a mí mismo. Solo que no parece haber un fondo tan oscuro, y el tiempo acumulado es infinitamente menor.